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Cómo construir los vínculos y atravesar los conflictos en las familias ensambladas

Intentar arribar a buen puerto es una tarea ciclópea, una trama diaria que convoca nuestros mejores condimentos.

Ensamblar dos familias con éxito equivale a tocar el cielo con las manos. Todo comienza con una nueva relación de pareja, que debe aceptar desde el principio ser “mucho más que dos”.

 

Exparejas, hijos propios, ajenos y posiblemente mutuos, son satélites que rodean a la nueva relación imponiéndoles diferentes frentes, todos exigentes y multifacéticos.

Las familias ensambladas exitosas son posibles, existen y se disfrutan, pero nadie niega la carrera de obstáculos que hay que sortear. Es una lista de dificultades y de vicisitudes complejas, que sólo podremos superar si convocamos todas y cada una de nuestras virtudes. ¡Formar una familia ensamblada implica un enorme desafío!

// Se divorciaron, lo festejaron juntos y con sus nuevas parejas formaron “una gran familia ensamblada”

Veamos primero las dificultades que se nos pueden presentar, ya que debemos reconocer que las familias ensambladas son un caldo de cultivo perfecto para que surjan aspectos propios infantiles, regresiones y nuestros más mezquinos sentimientos humanos. Por ejemplo:

1. Rivalidad – Competencia: “Al fin de cuentas ¿Quién te importa más? ¿Qué puesto ocupo yo en tu ranking amoroso?”

2. Exclusión: “Yo sola/o acá y vos todo el domingo de fiesta por el cumple de tu hijo/a con toda tu familia y tu ex. ¿Cómo querés que me sienta?”

3. Celos: “Cuando llegás a mí ya estás cansada/o de repartir ternuras a tus hijos/as. A mí, me llegan los deshechos, las migajas…”.

4. Envidias: “No entiendo, ¿ellos viajan a Disney y nosotros contamos las monedas para llegar a Villa Gesell?” “Así, con dos mucamas es fácil tener la casa ordenada, entonces no critiques mi desorden”.

Todos estos ingredientes están en la licuadora de las familias ensambladas. Si predominan estos sentimientos (porque no hemos podido neutralizarlos), viviremos envueltos en rabietas, venganzas y eternos malentendidos.

Con una buena dosis de realismo y esperanza veamos ahora los diferentes frentes.

Las exparejas
Situación 1: Querer controlar todo

“¡Últimamente, por una cosa o por otra, hablás más con él/ella que conmigo!” “¿Tanto te interesa su opinión?” “¿Estaba él/ella cuando dejaste a los chicos? ¿Entraste o los dejaste en la puerta? ¿Qué te dijo?” Error: controlar todo movimiento y acción que haga con su ex. Acierto: no meterse ni intentar saber nada respecto del vínculo actual con su ex. ¡En definitiva soltar!

Es un territorio donde no debemos estar presentes de ninguna forma. Debemos poder tolerar la exclusión, sin duda, será el camino más saludable.

Situación 2: Hablar mal de la expareja

“Siempre tan bancadora… Siempre la misma inservible… Siempre tan agradable… Es una mala onda total… Es un amarrete… Es un inútil”. Hablar mal de la expareja del otro es un gran error que solo nos asegura peleas entre nosotros. Error: sólo quiero demostrar cuánto mejor soy yo y cuán insoportable es él/ella. Acierto: nadie puede hablar de la familia del otro, es ley.

Situación 3: Querer saber todo lo que hicieron cuando estuvieron con su papá o su mamá

“¿Dónde fueron a comer? ¿Quién cocinó? ¿Fulana/o también fue? ¿La casa estaba ordenada? Error: usar los hijos como si fueran tus ojos, mensajeros informantes de todo lo que querés saber. Acierto: retirarte de un espacio que ya no te pertenece, es el tiempo en que están con su papá o mamá. ¡Otra vez debemos poder tolerar la exclusión!

Sobre los hijos de él o de ella
Primer error: medir el tiempo que pasa con sus hijos con cronómetro

“Al fin, estás más tiempo con tus chicos que en casa”. “No tenés un minuto disponible para mi”. Error: ¡rivalizar todo el tiempo y contabilizar cuánto estuvo con ellos o conmigo! Acierto: organizar con agenda en mano y cumplir. Una familia ensamblada requiere de una estricta organización.

Segundo error: irritarnos con características de sus hijos

“Me enoja que no salude, que coma con la boca abierta, que esté muda/o, que me mire con ojos de rabia”. Error: creernos padres de sus hijos y educarlos y ofendernos con los “desplantes” de niños. Acierto: comprender que los hijos están pasando por un momento difícil, de adaptación paulatina. vienen de un duelo (haber perdido a sus padres juntos) y enfrentan el desafío de integrarse a una nueva realidad (un nuevo cónyuge y hermanos hasta ahora desconocidos).

Entiendo que lo mejor es intentar lograr un buen clima, ameno, invitador, que ellos hablen y cuenten, que sepan que tendremos la sabiduría para poder dejar de lado toda dificultad y seguir fielmente a nuestra brújula que nos indica siempre el norte del clima ameno.

Lo más importante para todos los hijos es sentirse queridos, si logramos esto, tendremos luego mucho margen para corregir y acompañar.

Los hijos nuestros
¡Sentir que sin ninguna duda nuestros hijos en común son mejores! Es un error: competir con comparaciones que siempre resultan egoístas y mezquinas.

Integrar a los nuevos hermanos es una gran responsabilidad. Cuando pasa el tiempo y somos testigos de cómo se quieren y ayudan entre sí, sentimos el mayor de los regalos y vemos que nuestras mejores intenciones y nuestra lucha cotidiana han llegado a su mejor destino.

Nos podemos sentir extraordinariamente felices cuando logramos finalmente un buen clima, libre de tensiones donde todos se sientan bienvenidos y ayudados. Cuando luego de un período (penoso a veces) de adaptación, la nueva familia pueda crear un espacio de encuentro pacífico, sentirá que su propuesta amorosa fue más fuerte que todos los obstáculos.

(*) Adriana Grande (MN. 58804), es médica (UBA), psicoanalista integrante de APDEBA e IPA (Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires y Asociación Psicoanalítica Internacional). Especialista en vínculos padres-hijos.

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