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Qué es el “gaslighting” o abuso emocional en la pareja

Es una forma de manipulación que confunde a la víctima, al punto de hacerle perder su propia percepción y autoestima.

Al comienzo, es enamoramiento. Un trato excepcional: compañerismo, atención y cariño al por mayor. De un día para el otro, en este tipo de relaciones tóxicas, las cosas cambian. Y la realidad se torna distinta.

“Las víctimas de abuso o manipulación psicológica comienzan a cuestionarse, a llenarse de culpas y a confirmar que las apreciaciones son verdaderas, que no sirven para nada, y que nunca lograrán alcanzar el ideal que necesita ese otro para aceptarnos y querernos y, probablemente, entren en el túnel de la subestimación, la ansiedad, la depresión y la locura”, relata a Con Bienestar Marcela de Laferrere, terapeuta gestáltica.

Gaslighting es un término que deriva de una obra de teatro de 1938 que luego, en 1944, fue llevada al cine por George Cukor. En el argumento, el marido manipula a su esposa para que ella piense que está enloqueciendo. Para lograrlo, baja y sube la intensidad de las luces de su casa y cuando ella lo advierte, le dice que está alucinando.

“Pone a la persona en lugar de objeto. Esa víctima no puede decidir y tampoco negarse. Sucede. Y cuando una persona siente incomodidad o dudas profundas de ese tipo, hay que preguntarse si eso es correcto y cuestionar la relación”, sugiere a Con Bienestar la psicóloga Eliana Álvarez (M.N. 68.245).

Una investigación de 2019 de la Asociación Americana de Sociología sostiene que esta conducta no está solo relacionada con la violencia doméstica o las relaciones interpersonales, sino que aparece en diferentes tipos de vínculos, como los que se establecen entre un líder psicópata y sus seguidores.

“Hace todo para retenerte, controlarte y así poder usarte. Cuando ya no le servís más te descarta. Tiene cero empatía, ya que reduce al otro a una mera cosa, y un radar muy fino para detectar los puntos débiles en la personalidad de sus ‘elegidos’. Sus fines son muy prácticos, la autopreservación, la ventaja lucrativa, el poder, el ascenso social, y uno de sus objetivos puede ser incluso disfrutar con el sufrimiento ajeno”, describe de Laferrere.

La terapeuta plantea algunos puntos clave para darse cuenta de que se está frente a un “enemigo” y que, por lo tanto, es necesario plantearse “ganar esa guerra”:

“Como primera medida hay que preguntarse: ¿Por qué estoy acá? Y detectar alguna característica propia, una vulnerabilidad, que le permite al otro manipularme”.
“¿Qué rédito obtengo dejándome manipular? Preguntarse si vale la pena pagar un precio tan alto quedándose atrapado en esta manipulación”.
“¿Qué debilidad me está atacando? Al detectarla, empezar a trabajarla oponiéndole la conducta positiva”.
“Confundir al victimario, sorprenderlo respondiendo de manera diferente a la conducta que espera”.

“Nunca dar por cierto lo que nos diga el otro. Hay que pedir ayuda a las personas cercanas para que compartan su percepción”, agrega Álvarez. Algunos signos de estar bajo los efectos de un manipulador pueden ser:

Sentir confusión, ansiedad, desesperanza, tristeza, depresión.
No poder tomar decisiones simples.
Convertirse en una persona antisocial.
Disculparse permanentemente y defender la conducta abusiva del otro.

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