Es indispensable dedicar tiempo a jugar en familia

El juego, además de entretener, tiene una función curativa: los niños representan y elaboran experiencias traumáticas al jugar. Además, posee un efecto calmante. El tiempo “en juego” ya no es el del reloj, sino el del placer y la risa.
Los días pasan, la comunicación virtual es muy útil, pero los que tenemos la suerte de estar acompañados volvimos a jugar. Me refiero al juego en familia. Los grandes estamos rescatando nuestro “niño interior” y conectándonos con nuestra infancia. Es una oportunidad de evocar momentos en los cuales nuestros padres jugaron con nosotros; o si no lo hicieron, de “reparar” esos aspectos de nuestra historia.

Sabemos que el juego, además de entretener, tiene una función curativa: los niños representan y elaboran experiencias traumáticas al jugar. Entre los “mini traumas” de la vida cotidiana se encuentran, por ejemplo, el miedo a ir al médico, al dentista, a recibir una vacuna, a interactuar con maestros y compañeros al pasar de grado o cambiar de colegio, etc. “Elaborar” quiere decir entender lo que sucede y encontrarle un sentido, repitiéndolo por alguna vía todas las veces que sea necesario. Los adultos podemos poner en palabras nuestros miedos con cierta facilidad y hallar interlocutores que nos ayuden. Los chicos, en cambio, cuentan más lo que les pasa a través de sus juegos que de las palabras.

También podríamos mencionar aquellos acontecimientos que crean un clima de angustia, pánico o tristeza y que corren el riesgo de arrasar el equilibrio emocional familiar. A los padres les toca la tarea, no siempre sencilla, de funcionar como “barrera protectora” frente a los estímulos externos. Estos días vuelve a mi mente una y otra vez la película “La vida es bella”, que nos muestra una hermosa metáfora acerca de la tarea de un padre intentando preservar la capacidad de juego de su hijo, aún en las circunstancias más extremas. Pienso no solamente en el beneficio obtenido por el niño, sino también por el padre en aquella historia, aún conociendo el final.

Para poder jugar ni siquiera hace falta demasiado espacio físico, pero sí espacio emocional, y capacidad de entrar en consonancia afectiva con quienes nos acompañan. Se trata de alcanzar un estado mental de juego, creando un clima lúdico que nos permita -aunque sea de a ratos- evadirnos de la realidad que tanto nos preocupa. Es algo muy serio, un espacio libre de ataques. Basta observar el estado de concentración y placer de un niño entregado a “hacer de cuenta que…”. Así como el “buen sueño”, nos permite relajarnos, descansar y siempre nos deja algún mensaje para descifrar.

El juego, además, tiene un efecto calmante. Una persona que sabe jugar -me refiero al juego simbólico y creativo- sabe ponerse en contacto con su mundo interior. Cuando un niño logra jugar “a solas”, es porque sabe que hay un adulto que está cerca y lo cuida. De modo que puede entregarse a desplegar su fantasía. De la misma manera, una familia que puede ponerse a jugar “a solas” -alejada por un rato del mundo exterior- crea un valioso escudo protector que le permitirá transitar las vicisitudes con sus defensas (físicas y emocionales) más altas.

Al jugar se pierde la noción del tiempo: el tiempo “en juego” ya no es el del reloj, sino el del placer y la risa. Y a veces descubrimos que no nos alcanza para jugar todo lo que querríamos.

No se trata de competir, si no de cambiar el “clima” familiar, de encontrarnos con los aspectos más distendidos de los que nos rodean.

Cualquier tipo de juego es bienvenido en estas circunstancias. Cualquiera puede invitar al otro, o a los otros, a jugar. Ni siquiera es necesario algún objeto en particular. Se puede jugar con las ideas, con las palabras, con los gestos. Y repito, no se requiere gran espacio físico, sólo emocional. Adivinanzas, “veo veo”, “viene un barquito cargado con”, torneo de chistes malos, torneo de chistes buenos, “dígalo con mímica”, “adivina quién”, “tutti-frutti, “ahorcado”, cartas, y mil opciones más. Ojalá que esas horas de juego en familia hayan llegado para quedarse.

(*) Lic. en Psicología. Psicoanalista. Especialista en niños y adolescentes.

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