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El amor de verano: ¿es sexo o algo más?

La predisposición en vacaciones es otra: lejos del trabajo y las preocupaciones diarias, nos damos más lugar para los encuentros. Es un tiempo especial para vivir nuevas experiencias y atesorarlas.

Las vacaciones de verano, al ser generalmente las más extensas, reúnen una serie de características que las hacen especiales. Es el momento más esperado del año y el descanso permite romper con el estrés diario.

“Los veranos serán recordados por siempre, más aún si algún amor florece en estos días de sol. Si el invierno nos mete para adentro, envueltos en varias capas de ropa, o al calor del hogar, el verano nos abre al afuera: cuerpo, mente y deseo se expanden con ganas de conocer nuevos lugares, estar en grupo, hacernos de nuevos amigos, y por qué no, vivir un amor”, plantea a Con Bienestar Walter Ghedin (M.N. 74.794), psiquiatra y sexólogo.

Es durante el verano que nos planteamos un “parate” y tenemos más conciencia del autocuidado: “voy a desconectarme de las redes”, “voy a relajarme”, “voy a empezar a hacer gimnasia” o “voy a leer un libro”, son las promesas más frecuentes en esta época de renovación. Todo esto hace que nuestra “forma de vivir” sea diferente a la del día a día y, si, además, se nos cruza esa persona tan especial, puede ser un verano inolvidable.

“El amor juvenil es más espontáneo, más sensible, con todas las emociones a “flor de piel”, tanto que puede ocupar gran parte de los pensamientos. El deseo por querer saber más del otro nos vuelve ansiosos, demandantes, hasta el punto de exigirle que esté presente en todo momento. Deseo y ansiedad pueden formar un nudo del cual cuesta liberarse”, advierte el especialista.

El calor puede ayudar a disfrutar más de las relaciones sexuales, estimulando la producción de oxitocina, endorfinas y serotonina, que provocan un aumento en el deseo sexual. Por otro lado, causa la vasodilatación de las fibras musculares, lleva a que se produzca un mayor aumento del flujo sanguíneo a los genitales.

“Con sexo, o sin él, los amores de verano son placenteros en sí mismos. Y digo esto para hacer una diferencia entre sexo y sexualidad. Cuando decimos sexo nos referimos a lo erótico: los besos, las caricias, el juego previo y al coito, o experiencia de contacto genital que lleva al orgasmo. La sexualidad, en cambio, es un concepto mucho más amplio y abarca los deseos, la relación con el cuerpo, la sensualidad, las habilidades de conquista, los sentimientos y vínculos amorosos, la orientación sexual y la identidad sexual, la confianza, los valores propios, los pensamientos respecto a la propia sexualidad y la ajena, las creencias y la capacidad para sentir placer”, detalla Ghedin.

El sexo está incluido en la sexualidad. Entonces, se podría decir que los amores de verano tienen un impacto sobre ella: sentimos “mariposas en la panza”, el cuerpo se vuelve más libre; estamos más expansivos, con fantasías, ganas de salir, hacer sociales, tomar una copa, bailar, y porque no, tener sexo. “Cuando sexo y sexualidad se juntan la experiencia se enriquece”, sintentiza Ghedin.

Aunque sea un amor de estación que quizás no llegue al otoño, deja marcas. En ese corto período de tiempo se puede pasar por todas las etapas de una relación, lo cual hace que la vivamos con más intensidad. Ese nivel de adrenalina y emoción no se olvidan con facilidad.

“El amor es la base para sostener el vínculo, pero se necesitan acciones que lo acompañen y no lo dejen caer. Será indispensable entonces generar momentos para encontrarse, respetar los espacios y tiempos individuales”, sugiere el sexólogo.

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