Crianza: ¿le damos demasiado a nuestros hijos?

Siempre teniendo muy en cuenta las distintas edades, los chicos requieren de nuestro constante ajuste a sus nuevas necesidades. Mi propuesta: el amor en dos tiempos.
“La verdad, sería mejor que no le dieras tanto”, “sería mejor que le dieras un poquito menos”. Son frases que de manera un tanto lapidaria nos llevan a plantearnos preguntas básicas sobre lo que hacemos o dejamos de hacer en el día a día con nuestros hijos.
y reclamará lo que aún le falta. Serán por ejemplo niños de 2/3 años que estarán todo el día agarrados de la pollera de su mamá con una especie de lamento continuo y que no pueden descubrir ni disfrutar de su espacio propio. Recuerdo una mamá que se veía reflejada en esta dinámica y al modificarla, exclamó “ahora le doy nafta Premium y todo va mucho mejor”.
A veces nos cuesta darnos cuenta de que nuestro tiempo de llenado se ve muy “entrecortado” por las múltiples tareas que llevamos adelante y en la actualidad también por el celular. Es muy tranquilizador descubrir que cuando podemos instalarnos y entregarnos totalmente, lleva muy poco tiempo y el efecto es inmediato y muy efectivo. ¡Recuerdo cuando mi hija me decía “mamá sentate a jugar conmigo, pero sin zapatos”, asegurándose así que no me iría a otro lado!

 

Segundo Peligro: Ocurre cuando el tiempo de entrega se prolonga indefinidamente, no hay corte entre madre e hijo/a ni presentación alguna de un espacio propio. Equivale a tener un auto con el tanque lleno detenido en el garaje. Esta madre no puede señalarle otro lugar que no sea ella misma, será́ un bebé que estará́ todo el día adherido a su madre, sin poder gestarse su lugar. A los dos o tres años, será un niño “pegoteado”.

Ejemplos simples de la vida cotidiana
Una mamá camina cargando su bebé, bolsos y cartera. La imagen recuerda a un Ekeko, ya que todo pende de ella. La escena refleja pegoteo, agobio, el conjunto es desordenado, casi caótico. Otra mamá lleva al bebé en su cochecito, plácidamente recostado, captando lo que el mundo le propone. Ha colgado su bolso del coche y camina relajada, cada uno guarda un lugar, su lugar. La escena refleja placidez.
En un restaurante una mamá sienta a su hijo en su falda y le da de comer: un solo plato, un solo lugar. Otra lo sienta al lado de ella, en una sillita adecuada para su bebé de diez meses; le acerca un plato, lo deja comer con la mano, intercalando cucharadas para alimentarlo: dos lugares, dos platos.
El bebé que pasea en su cochecito mirando lo que el mundo tiene para ofrecerle (gente, autos, niños, perros, árboles, etc.) o que come en su plato disfrutando de su comida estará satisfecho de poder usar su nafta en un espacio propio.

Estas experiencias quedarán registradas en su interior para ser buscadas una y otra vez. Podemos predecir que será un adulto que guardará un tesoro al que podrá recurrir: la capacidad de estar solo, creando y recreando un espacio y una actividad propias que le resulten placenteros.

Nosotras, madres, estaremos siempre muy atentas para percibir “los dos tiempos del amor” y saber cuándo es tiempo de entrega y llenado y cuándo es tiempo de gestar un espacio propio donde pueda gastar su nafta. Siempre teniendo muy en cuenta las distintas edades que requieren de nuestro constante ajuste a sus nuevas necesidades.

¡Cuando podemos balancearnos armónicamente entre estos dos tiempos sentimos que los ritmos fluyen y que la dupla madre-hijo/a ha conquistado un gran desafío!

(*) Adriana Grande (M.N. 58.804), es médica (UBA), psicoanalista integrante de APDEBA e IPA (Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires y Asociación Psicoanalítica Internacional). Especialista en vínculos padres-hijos.

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